jueves, 19 de noviembre de 2009

Arthur Conan Doyle: su hijo no deseado

Arthur Conan Doyle: su hijo no deseado

POR Opera Mundi

El escritor británico Arthur Conan Doyle llegó a renegar de su excelente creación: Sherlock Holmes, la máquina de razonar que cuando se aburría se inyectaba una solución al siete por ciento de cocaína, una conducta que el doctor Watson calificó de “protesta contra la monotonía de la existencia cuando los casos escasean y los periódicos aburren”





Comediantes, mujeres hermosas y escritores de ficción popular sufren por la misma dolencia: nunca son tomados en serio: Sir Arthur Conan Doyle deseaba por sobre todas las cosas ser considerado un escritor serio, sin que para él fuera consuelo haber creado a uno de los personajes más entrañables de la literatura moderna. Sherlock Holmes es el hijo brillante a quien todos quieren, excepto su padre. “Creo –escribió alguna vez Conan Doyle– que si nunca hubiera tocado a Holmes, quien ha tendido a oscurecer mi mejor obra, mi posición en la literatura sería en este momento mucho más importante”.

Paradójicamente, los escritores serios –que actualmente ocupan la posición que Doyle envidió– han reconocido que Holmes fue un personaje extraordinario, no obstante el malestar de su creador. Por ejemplo, en Ulises, James Joyce transformó el nombre del detective en un verbo: “sherlockholmizar”, mientras que George Bernard Shaw colocó a Holmes entre los tres hombres más famosos que hayan vivido (junto con Jesucristo y el mago Harry Houdini).

Pese a su categoría ficticia, en Edimburgo, cerca del lugar de nacimiento de Conan Doyle, se yergue una estatua de Sherlock Holmes, no de Doyle. Existen más de 20 juegos de mesa en honor al detective, más de 100 películas en las que Holmes es el personaje estelar, numerosos programas de televisión, un musical de Broadway y un ballet. John Gielgud, Ralph Richardson y Orson Welles colaboraron con la grabación de las mejores historias de Holmes. El rostro del detective ha aparecido en diversas series de estampillas postales en el Reino Unido y la ilustración de sus casos decora la estación Baker del metro de Londres. Por lo menos 50 autores, después de la muerte de Conan Doyle en 1930, han publicado casos adicionales a Holmes.





El cirujano

Arthur Conan Doyle nació en 1859 dentro de una familia de irlandeses de mediana posición social. Su abuelo, John Doyle, fue un caricaturista político reconocido en sus tiempos, y tres tíos de Conan Doyle merecen una mención en el Diccionario de Biografías Nacionales de Gran Bretaña: un historiador, un artista y un director de la Galería Nacional de Dublín. Sin embargo, el padre del escritor fue la oveja negra de la familia, un alcohólico que mantuvo a los suyos en la pobreza y que terminó sus días en el manicomio.

Fue durante sus estudios de medicina en la Universidad de Edimburgo cuando Doyle cayó bajo la influencia del doctor Joseph Bell –que a la postre serviría como modelo de Sherlock Holmes–, un cirujano que sorprendía a los estudiantes con sus enormes capacidades de observación y deducción. Pero el ansia de aventura y la necesidad de ingresos económicos causaron que Doyle abandonara los estudios y se contratara, a los 22 años, como cirujano de un barco ballenero rumbo al Ártico.

Sus conocimientos médicos en realidad no eran requeridos en el barco y, deseando hacer lo que los hombres verdaderos hacían, se ofreció voluntariamente para cazar focas y pescar ballenas. Una vez cayó en las aguas heladas. Asiéndose desesperadamente al cuerpo muerto de una foca intentó llegar lentamente a un pedazo grande de hielo; pero, cuando casi alcanzaba su objetivo, el cuerpo de la foca se hundió y, con él, Conan Doyle, quien pensó que moriría. No fue así, sus compañeros lo salvaron. En un acto que convenció al futuro escritor de que por fin era un hombre.

Después del viaje de siete meses, Doyle regresó a Edimburgo y obtuvo su título, antes de contratarse, esta vez ya como doctor, en un barco de vapor que cubría la ruta Liverpool–África occidental. Sus tíos le ofrecieron ayuda; conocían a las mejores familias católicas de la ciudad y la presentación adecuada sería de gran valor para un médico joven que buscaba hacerse de una clientela selecta y exclusiva. Sólo que Doyle había abandonado la fe católica, por lo que tuvo que luchar por más de nueve años para triunfar en su carrera de médico.

Sin embargo, sus dones verdaderos apenas estaban por aparecer. Entre la atención a los pacientes y las horas libres, Doyle escribía sus aventuras en el Ártico y en África; una novela acerca de un estudiante de medicina en Edimburgo, La firma de Girdlestone, la primera novela en la que aparece Sherlock Holmes; Un estudio en escarlata (1887); otra acerca de los puritanos del siglo 17, Micah Clarke (1888); un romance caballeresco, The White Company (1891); y otra novela de Holmes, El signo de los cuatro, que el autor escribió en un mes.





Homicidio justificable

Fue en 1891 cuando Doyle tuvo la idea de escribir una serie de historias cortas sobre “Las aventuras de Sherlock Holmes” para una nueva revista llamada Strand, cuya entrega fue todo un suceso editorial. Cuando en 1893 la revista ofreció mil libras esterlinas por una docena más de historias de Holmes, Doyle aceptó la tarea. Pero en la última de esas historias, en el límite de su paciencia, Doyle condujo a la muerte a Sherlock Holmes, quien cae a las cataratas Reichenbach en su lucha contra el malvado profesor Moriarty. Inglaterra quedó muda. Los devotos de Holmes colocaron bandas negras en sus solapas; 20 mil lectores cancelaron sus suscripciones en la publicación; una viñeta periodística retrató a un lloroso niño leyendo en cama la última historia de Sherlock Holmes; y una dama enojada atacó con su bolsa de mano a Doyle.

El autor declaró que la muerte del detective había sido “un homicidio justificable” y que ahora se dedicaría a proyectos más ambiciosos. Con el tiempo, sin embargo, capituló: Holmes resurgió en 1902 con El sabueso de los Baskerville (historia ubicada antes de la muerte de Holmes) y la inmensa popularidad de la novela obligó a la revista Strand y al American Collier’s Weekly a ofrecer grandes sumas de dinero a Conan doyle. El milagro de la resurrección se había logrado y, para el momento en que terminó definitivamente con Holmes en 1927, Doyle había escrito cuatro novelas y 56 historias cortas protagonizadas por el detective.






Máquina de razonar

Holmes ha sido considerado un personaje extraño de la literatura, tal y como el doctor Watson lo resumió en la obra Un escándalo en Bohemia. “Holmes es la máquina más perfecta de razonamiento y observación que el mundo ha visto”. O, en palabras del propio detective: “Soy sólo el cerebro, Watson. El resto de mí sólo un apéndice”.

La mente de Holmes está capacitada como ninguna otra. Ha aprendido todo lo que tiene que ver con su profesión, por lo que su conocimiento es enciclopédico. Conoce alrededor de 140 tipos de ceniza de tabaco (“Era un cigarro indio, de la variedad que es producida en Rótterdam”), una cantidad similar de tatuajes (“Ese color rosa es muy peculiar en China”), perfumes, huellas, tintas, etcétera.

Los aspectos que integran el personaje de Sherlock Holmes son a la vez atractivos y repulsivos. Trata a su cuerpo con indiferencia notable, trabajando hasta el agotamiento, en ocasiones no come en varios días con tal de alcanzar lo que persigue. Mientras que las virtudes operan de la cabeza para abajo, por ello Holmes siempre mantiene la cabeza fría bajo el fuego.

Pero en dicha fuerza radica la debilidad. Holmes es propenso al aburrimiento y, cuando éste llega, se inyecta una solución al siete por ciento de cocaína. El doctor Watson deplora tal conducta, pero la comprende: la utilización de drogas en Holmes es “una protesta contra la monotonía de la existencia cuando los casos escasean y los periódicos aburren”. Las cosas que interesan a la mayoría de personas a Holmes no le atraen. El amor, o sea el deseo sexual en cualquiera de sus presentaciones, no forma parte de las distracciones del detective, ya que “el amor es una cosa emocional y todo lo que es emocional se opone a la verdad”.

Doyle pensaba que los personajes sólo ofrecen a los lectores lo que éstos ya poseen en sí mismos. En el prefacio al Libro de casos de Sherlock Holmes, el volumen final de las historias de Holmes, Doyle desea haber dado al público “la distracción de las penas de la vida y estimular un cambio de pensamiento que sólo puede ser hallado en el reino encantado del romance”.

Fuente:

http://operetamundi.blogspot.com/2009/11/arthur-conan-doyle-su-hijo-no-deseado.html

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