martes, 1 de diciembre de 2009

MURIO ESCRITOR SERBIO MILORAD PAVIC


MURIO ESCRITOR SERBIO MILORAD PAVIC
BELGRADO, 30 (ANSA) - El reconocido escritor y novelista serbio Milorad Pavic murió en Belgrado a los 81 años, informó la agencia Tanjug citando fuentes de la familia.
Historiador de la literatura serbia clásica y especialista en lírica barroca, Pavic fue autor también de ensayos y poesía.
En occidente es conocido sobre todo por sus obras fantásticas sus novelas y relatos breves, colmados de detalles misteriosos y connotaciones esotéricas, caracterizados por la alternancia de sueño y realidad.
Según la crítica, la producción de Pavic, que ha sido traducida a varias lenguas, es un clásico ejemplo de literatura postmoderna y una alegoría de los Balcanes donde diversas civilizaciones compartieron por siglos la misma región. GAT
30/11/2009 18:07


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jueves, 26 de noviembre de 2009

Lo mismo...


Son casi las tres de la mañana. Otra vez no puedo dormir. En la calle un perro sigue a un gato con ganas de desaparecerlo. Otros perros ladran sin sentido. El camino de la escalera hasta la planta baja es muy largo y hace mucho tiempo que me prometí no tomar nada para dormir, para invitar a mi cuerpo a un estado inducido de sueños. Me persiguen ciertas obsesiones, sobre todo esas ganas de escribir, de ser un verdadero escritor y sobre todo de terminar mi novela, que como siempre se empieza alejar de lo que en verdad deseo. Tengo sed. Abandone la lectura hace un buen rato. Por momentos me digo en que diablos estabas pensando, después me digo que no tiene sentido hacer ese tipo de preguntas e intento regresar a la cama, pero ya la siento ajena y fría, pienso amanecer una vez más en vela, soñando que el mundo es todo lo que deseamos.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Esquirlas




Son tus perjumenes mujer,
los que me sulibeyan,
los que me sulibeyan,
son tus perjumenes mujer...

Llegó la contingencia, así le dicen aquí, así la conocerán todos aquellos que osen quererse ganar el pan combatiendo la elusión. Salgo de mi oficina cantando y me imagino tremendo humor, casi respirable, humor, al fin, de mujer. Camino hacia mi coche cantando, rockeando, como vulnerado por una carga emocional incomprensible pero insoportable también. Casi en grunge, nuevo ritmo me aproxima a la felicidad de la insensatez. Me es impropio acotar lo que siento, por que bien oler es sentir y el sentido mismo del olfato se recuerda como se describe. Los perjumenes me sulibeyan, me son prodigio también. Surge en mi la venganza de no tener y los perjumenes me sulibeyan. Irradia la sinrazón, la ignorancia, el desazón de tus perjumenes, mujer. Y me sulibeyan. Y como sigo caminando, sigo cantando, cuatro cuadras de Insurgentes, cuatro lineas adelantadas en una tonadita grunchera. Seventies child, world in my eyes y tus perjumenes me sulibeyan, mujer, ¿me escuchas?

No hace falta querer ver mi propio ser. No necesito ahora ver mi interior, sólo encuentro un resplandor de mi cuando recuerdo lo que me hace temblar el recodar tu aroma, que cuando no lo tengo me desespera.

Y cuando canto, camino y evado las rayitas de la banqueta, mi conciencia me secretea. Se evaporan mis ideas. Se llena de dulce la mar cuando vomita la marea. Se llena de ti mi espacio, por la nariz, cuando me sulibeyas. Se llena mi mente de ti cuando imagino los colores de las botellas de tus perjumenes, cuando imagino tu rostro en rocío y tu dulce aroma, mujer.

Y llego a mi coche, lo abordo. Respiro profundo pero es mi colonia la que lo perfuma, no puedo más recordar, no puedo más que encenderlo y escuchar el disco de Marvin Gaye que deje puesto en la mañana "Let's get it on..." Y sólo entonces, otra vez recuerdo, lo que me significas, lo que son tus perjumenes, mujer.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Todos los días me prometo no escribir más poesía y consagrarme a la novela (que paga mejor).

Y todos los días fracaso.

Me salen versos en lugar de diálogos y aforismos en vez de personajes.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Arthur Conan Doyle: su hijo no deseado

Arthur Conan Doyle: su hijo no deseado

POR Opera Mundi

El escritor británico Arthur Conan Doyle llegó a renegar de su excelente creación: Sherlock Holmes, la máquina de razonar que cuando se aburría se inyectaba una solución al siete por ciento de cocaína, una conducta que el doctor Watson calificó de “protesta contra la monotonía de la existencia cuando los casos escasean y los periódicos aburren”





Comediantes, mujeres hermosas y escritores de ficción popular sufren por la misma dolencia: nunca son tomados en serio: Sir Arthur Conan Doyle deseaba por sobre todas las cosas ser considerado un escritor serio, sin que para él fuera consuelo haber creado a uno de los personajes más entrañables de la literatura moderna. Sherlock Holmes es el hijo brillante a quien todos quieren, excepto su padre. “Creo –escribió alguna vez Conan Doyle– que si nunca hubiera tocado a Holmes, quien ha tendido a oscurecer mi mejor obra, mi posición en la literatura sería en este momento mucho más importante”.

Paradójicamente, los escritores serios –que actualmente ocupan la posición que Doyle envidió– han reconocido que Holmes fue un personaje extraordinario, no obstante el malestar de su creador. Por ejemplo, en Ulises, James Joyce transformó el nombre del detective en un verbo: “sherlockholmizar”, mientras que George Bernard Shaw colocó a Holmes entre los tres hombres más famosos que hayan vivido (junto con Jesucristo y el mago Harry Houdini).

Pese a su categoría ficticia, en Edimburgo, cerca del lugar de nacimiento de Conan Doyle, se yergue una estatua de Sherlock Holmes, no de Doyle. Existen más de 20 juegos de mesa en honor al detective, más de 100 películas en las que Holmes es el personaje estelar, numerosos programas de televisión, un musical de Broadway y un ballet. John Gielgud, Ralph Richardson y Orson Welles colaboraron con la grabación de las mejores historias de Holmes. El rostro del detective ha aparecido en diversas series de estampillas postales en el Reino Unido y la ilustración de sus casos decora la estación Baker del metro de Londres. Por lo menos 50 autores, después de la muerte de Conan Doyle en 1930, han publicado casos adicionales a Holmes.





El cirujano

Arthur Conan Doyle nació en 1859 dentro de una familia de irlandeses de mediana posición social. Su abuelo, John Doyle, fue un caricaturista político reconocido en sus tiempos, y tres tíos de Conan Doyle merecen una mención en el Diccionario de Biografías Nacionales de Gran Bretaña: un historiador, un artista y un director de la Galería Nacional de Dublín. Sin embargo, el padre del escritor fue la oveja negra de la familia, un alcohólico que mantuvo a los suyos en la pobreza y que terminó sus días en el manicomio.

Fue durante sus estudios de medicina en la Universidad de Edimburgo cuando Doyle cayó bajo la influencia del doctor Joseph Bell –que a la postre serviría como modelo de Sherlock Holmes–, un cirujano que sorprendía a los estudiantes con sus enormes capacidades de observación y deducción. Pero el ansia de aventura y la necesidad de ingresos económicos causaron que Doyle abandonara los estudios y se contratara, a los 22 años, como cirujano de un barco ballenero rumbo al Ártico.

Sus conocimientos médicos en realidad no eran requeridos en el barco y, deseando hacer lo que los hombres verdaderos hacían, se ofreció voluntariamente para cazar focas y pescar ballenas. Una vez cayó en las aguas heladas. Asiéndose desesperadamente al cuerpo muerto de una foca intentó llegar lentamente a un pedazo grande de hielo; pero, cuando casi alcanzaba su objetivo, el cuerpo de la foca se hundió y, con él, Conan Doyle, quien pensó que moriría. No fue así, sus compañeros lo salvaron. En un acto que convenció al futuro escritor de que por fin era un hombre.

Después del viaje de siete meses, Doyle regresó a Edimburgo y obtuvo su título, antes de contratarse, esta vez ya como doctor, en un barco de vapor que cubría la ruta Liverpool–África occidental. Sus tíos le ofrecieron ayuda; conocían a las mejores familias católicas de la ciudad y la presentación adecuada sería de gran valor para un médico joven que buscaba hacerse de una clientela selecta y exclusiva. Sólo que Doyle había abandonado la fe católica, por lo que tuvo que luchar por más de nueve años para triunfar en su carrera de médico.

Sin embargo, sus dones verdaderos apenas estaban por aparecer. Entre la atención a los pacientes y las horas libres, Doyle escribía sus aventuras en el Ártico y en África; una novela acerca de un estudiante de medicina en Edimburgo, La firma de Girdlestone, la primera novela en la que aparece Sherlock Holmes; Un estudio en escarlata (1887); otra acerca de los puritanos del siglo 17, Micah Clarke (1888); un romance caballeresco, The White Company (1891); y otra novela de Holmes, El signo de los cuatro, que el autor escribió en un mes.





Homicidio justificable

Fue en 1891 cuando Doyle tuvo la idea de escribir una serie de historias cortas sobre “Las aventuras de Sherlock Holmes” para una nueva revista llamada Strand, cuya entrega fue todo un suceso editorial. Cuando en 1893 la revista ofreció mil libras esterlinas por una docena más de historias de Holmes, Doyle aceptó la tarea. Pero en la última de esas historias, en el límite de su paciencia, Doyle condujo a la muerte a Sherlock Holmes, quien cae a las cataratas Reichenbach en su lucha contra el malvado profesor Moriarty. Inglaterra quedó muda. Los devotos de Holmes colocaron bandas negras en sus solapas; 20 mil lectores cancelaron sus suscripciones en la publicación; una viñeta periodística retrató a un lloroso niño leyendo en cama la última historia de Sherlock Holmes; y una dama enojada atacó con su bolsa de mano a Doyle.

El autor declaró que la muerte del detective había sido “un homicidio justificable” y que ahora se dedicaría a proyectos más ambiciosos. Con el tiempo, sin embargo, capituló: Holmes resurgió en 1902 con El sabueso de los Baskerville (historia ubicada antes de la muerte de Holmes) y la inmensa popularidad de la novela obligó a la revista Strand y al American Collier’s Weekly a ofrecer grandes sumas de dinero a Conan doyle. El milagro de la resurrección se había logrado y, para el momento en que terminó definitivamente con Holmes en 1927, Doyle había escrito cuatro novelas y 56 historias cortas protagonizadas por el detective.






Máquina de razonar

Holmes ha sido considerado un personaje extraño de la literatura, tal y como el doctor Watson lo resumió en la obra Un escándalo en Bohemia. “Holmes es la máquina más perfecta de razonamiento y observación que el mundo ha visto”. O, en palabras del propio detective: “Soy sólo el cerebro, Watson. El resto de mí sólo un apéndice”.

La mente de Holmes está capacitada como ninguna otra. Ha aprendido todo lo que tiene que ver con su profesión, por lo que su conocimiento es enciclopédico. Conoce alrededor de 140 tipos de ceniza de tabaco (“Era un cigarro indio, de la variedad que es producida en Rótterdam”), una cantidad similar de tatuajes (“Ese color rosa es muy peculiar en China”), perfumes, huellas, tintas, etcétera.

Los aspectos que integran el personaje de Sherlock Holmes son a la vez atractivos y repulsivos. Trata a su cuerpo con indiferencia notable, trabajando hasta el agotamiento, en ocasiones no come en varios días con tal de alcanzar lo que persigue. Mientras que las virtudes operan de la cabeza para abajo, por ello Holmes siempre mantiene la cabeza fría bajo el fuego.

Pero en dicha fuerza radica la debilidad. Holmes es propenso al aburrimiento y, cuando éste llega, se inyecta una solución al siete por ciento de cocaína. El doctor Watson deplora tal conducta, pero la comprende: la utilización de drogas en Holmes es “una protesta contra la monotonía de la existencia cuando los casos escasean y los periódicos aburren”. Las cosas que interesan a la mayoría de personas a Holmes no le atraen. El amor, o sea el deseo sexual en cualquiera de sus presentaciones, no forma parte de las distracciones del detective, ya que “el amor es una cosa emocional y todo lo que es emocional se opone a la verdad”.

Doyle pensaba que los personajes sólo ofrecen a los lectores lo que éstos ya poseen en sí mismos. En el prefacio al Libro de casos de Sherlock Holmes, el volumen final de las historias de Holmes, Doyle desea haber dado al público “la distracción de las penas de la vida y estimular un cambio de pensamiento que sólo puede ser hallado en el reino encantado del romance”.

Fuente:

http://operetamundi.blogspot.com/2009/11/arthur-conan-doyle-su-hijo-no-deseado.html

Tipo de narrador


Tipo de narrador
TEORÍA SOBRE EL PUNTO DE VISTA EN LA NARRACIÓN

El punto de vista es el ángulo de visión que adopta el narrador para contarnos su historia. Por eso se habla también de focalización: el punto óptico del narrador se convierte en un foco desde el que se irradia la acción.
La diferencia principal para clasificar los tipos de narradores proviene del hecho de que éstos estén o no dentro de la acción que narran: si está dentro de la narración, entonces el narrador es un personaje de la historia; si por el contrario está fuera de la acción, no aparecerá en ningún caso como personaje.

Tipos de narrador (resumen)

Internos:
1. Narrador protagonista: Narra desde dentro de la historia. Es un personaje. Y es el protagonista.
2. Narrador testigo: lo cuenta, aparece, pero él no es el protagonista.

Externos:
1. Omnisciente: lo sabe todo y juzga. 1B: Omnisciente alter ego: sólo sabe lo que piensa y siente el protagonista, de los demás sólo los ve.
2. Deficiente: que no sabe nada: como una cámara de cine. No se dice lo que sienten.

Según esta idea, los narradores se clasificarían de la siguiente manera:
NARRADORES INTERNOS
(o narradores que intervienen en la narración como personajes)
-Narrador protagonista
-Narrador testigo

NARRADORES EXTERNOS
(O narradores que no pertenecen ni participan en la acción)
-Narrador omnisciente
-Narrador deficiente

NARRADOR INTERNO: NARRACIONES EN PRIMERA PERSONA
Desde el momento en que el narrador está dentro de la acción, la selección de lo que se cuenta es lógica: todo aquello en lo que no haya participado ese "yo", tampoco debe entrar en la narración (a no ser que alguien se lo cuente, claro...) La elección está en decidir si el narrador será protagonista o testigo. Veamos las características de cada uno:
- Narrador-Protagonista
El protagonista nos cuenta con sus propias palabras lo que siente, piensa, hace u observa. La acción del relato es la historia de ese personaje y todos los personajes menores existen a través de ese narrador-protagonista. Si se dedica a contar sólo lo que ve y hace, la narración será objetiva; si además emite sus pensamientos, sentimientos y elucubraciones, la narración será interna y subjetiva.
Valga como ejemplo Carta a una señorita en París de Julio Cortázar.
- Narrador-Testigo
En este caso, el narrador queda en las márgenes del relato, es decir, no es el protagonista sino un personaje secundario que nos cuenta las andanzas de ese protagonista. Un caso claro de narrador-testigo es el del Doctor Watson que nos refiere las andanzas de Sherlock Holmes, en las que él, aunque esté mezclado, no es el personaje principal.
La mayoría de la novela negra americana ha sido narrada utilizando este punto de vista de narrador-testigo: el detective es testigo de la trama que comienza a investigar y no sabe más que el lector acerca de ella. Así el lector va descubriendo e intrigándose con las mismas cosas que el detective.
Esta forma de narrar no nos da acceso a la vida interior del protagonista más que de forma limitada. El narrador testigo no puede referirnos lo que piensa o siente sino a través de las imágenes, y nunca a través del flujo mental del protagonista, puesto que no está dentro de él. A veces este testigo no participa siquiera en la acción, sino que la cuenta o la lee en cartas.

NARRADOR EXTERNO. NARRACIONES EN TERCERA PERSONA.
Narrar en tercera persona presupone que el narrador no va a intervenir en la acción. No existe como personaje, la narración discurre por sí sola sin que el yo intervenga. En este caso también tenemos dos opciones:
-Narrador Omnisciente.
Este tipo de narrador es dios en el microcosmos de la acción que se cuenta. Lo sabe todo: el principio y el final de la historia, lo que los personajes sienten, piensan y hacen, lo que deberían haber hecho y no hicieron, lo que soñaron, lo que recuerdan, lo que olvidaron y lo que desean y odian. Es un dios que penetra en la conciencia de los personajes y desvela los escondites de su personalidad.
Dentro de este tipo de narradores está el alter ego. Que sólo sabe lo que piensa y siente el/ la protagonista. De los demás sólo sabe lo que el protagonista ve, escucha o piensa de ellos. Un ejemplo de esta narración es La aventura de un lector de Ítalo Calvino
-Narrador deficiente:
Imaginemos una cámara de cine: con ella podemos seguir a los personajes donde vayan, observar sus gestos y sus reacciones, saber de sus lágrimas, gritos, palideces y rubores, pero será el lector quien interprete las emociones de los personajes y no el narrador. Podemos tener conocimiento de sus actos, de lo que dice, pero nunca penetrar en su mente o saber lo que han soñado esa noche.
El narrador deficiente deja de ser un dios, es paralelo al narrador-testigo pero, a diferencia de él, no es un personaje y por tanto, no está presente en la acción. Buenos representantes de este estilo son los escritores del realismo sucio como Carver o Bukowski.


VENTAJAS Y DESVENTAJAS
DE LOS DISTINTOS TIPOS DE NARRADORES
Aunque en el género del cuento, por su brevedad, suela usarse un sólo narrador, la novela actual ha tendido a romper todos los corsés a los que estaba sujeta y ahora es frecuente leer novela que poseen más de un tipo de narrador.
- Los narradores en primera persona han sido considerados más verosímiles que los de tercera porque siempre se tiende a creer más los informes directos que los indirectos; sin embargo, estos narradores son esencialmente subjetivos y nos presentarán sólo una parte de la acción o bien un único aspecto de los personajes y crean muchos problemas porque a veces el escritor salta de la primera persona al narrador omnisciente (nunca el narrador en primera persona puede saber lo que piensa otro personaje).
- El narrador omnisciente, por ejemplo, es propio de la novela del siglo XIX, pero en la novela actual se le considera desfasado porque construye una narración demasiado forzada y poco humana. Es el más sencillo de utilizar porque no tiende a dar problemas formales.
- El narrador deficiente crea frialdad, recuerda el lenguaje cinematográfico y puede quedársenos demasiado en la superficie. Requiere una trama argumental muy interesante porque no puede esconderse en sentimientos ni en percepciones subjetivas del autor.

Aunque estos cuatro tipos de narradores sean los "formales", ha estallado un universo de combinaciones y variaciones incontables entre ellos.
Por ejemplo, el Narrador mono-Omnisciente: Narra desde el interior de un personaje: lo que ve uno (y sólo uno) de los personajes. El narrador sólo sabe lo que sabe y siente y piensa un personaje. El narrador mono-omnisciente, aunque es interesante, se utiliza poco. Da los mismos problemas que el narrador en primera persona y lo complica.
Otras opciones utilizadas son: el yo en primera persona que a veces se transforma en nosotros, o bien el yo que no es una sola persona sino varias, o cuando aparece el narrador en segunda persona.

Es imprescindible, aunque luego se quieran romper normas, conocer -y dominar- estas normas y estructuras.


TIPOS DE CONSTRUCCIÓN DE NOVELAS

1. Un personaje o personajes que evolucionan sin saber hacia dónde, pero dentro de una trama argumental lineal. Es interesante que sea un personaje rico en matices para que pueda dar juego. El tono es fundamental para dar unidad. Un ejemplo básico es Cien años de soledad.

2. Un personaje o personajes que evolucionan a través de distintas pequeñas historias o aventuras inconexas entre sí. Un ejemplo básico de este tipo es El Quijote.

3. Una historia previamente construida en la totalidad de su esquema argumental. A este modelo responden los best-seller. Un ejemplo básico de este tipo es Los pilares de la tierra de Ken Follett

Carta a una señorita en París




CARTA A UNA SEÑORITA EN PARÍS (Bestiario, 1951)
Julio Cortázar (1914-1984)

Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafío me pase por los ojos como un bando de gorriones. Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enteraría; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve. Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose. Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejito de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas. Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta. Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro —quizá, con suerte, tres— cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aun—que yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.) Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un click final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a Lavanda, en el fondo de un pozo tibio. Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión. Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris. Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad. De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.) Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches —sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches— y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza. Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano —yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo—; y se comen el trébol. Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos —un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses—, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López. No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro —no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha—. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así. Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad. Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa —usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos— y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido —en su infancia, quizá— que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas). A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas. Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón —porque Sara ha de ser así, con camisón— y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso. Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora —en el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan. Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes —no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos. He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.

PRIMER EJERCICIO

Nuestra primera aventura consiste en leer un texto de Julio Cortázar: Carta a una señorita en París, de su libro titulado Bestiario. Este libro se publicó en 1951, cuando Cortázar tenía 37 años. Podemos sacar algunas conclusiones que nos sirven para animarnos aún más a la escritura: Primero: con unos pocos relatos se puede hacer Historia (eso mismo le pasó a Juan Rulfo, que sólo tiene un libro de relatos y una novela; y también le ocurrió a J. D. Salinguer que tiene exactamente lo mismo: un pequeñito libro de relatos y una novela: El guardían entre el centeno –aunque por ahí circulan otros textos menores–). Segundo: otra conclusión interesante es que la mayoría de los escritores que han quedado en la Historia tenían durante su vida otra profesión. Cortázar, por ejemplo, fue maestro, dio clases en la Universidad y trabajó en la UNESCO como traductor. Y Tercero: La carrera de escritor se puede comenzar tardíamente. De hecho, no fue hasta 14 años después de publicar su primer libro (con 49 años) cuando consiguió cierto reconocimiento al vender 5.000 ejemplares (que no es tanto) de su novela Rayuela, lo que nos lleva a ver que las carreras literarias tienen un ritmo diferente al que la gente hoy está dispuesta a soportar: todos queremos conseguir el éxito rápido. Pues bien, ahora vamos a leer su relato para intentar robar algunos trucos técnicos que luego nos servirán para redactar el nuestro. Desde ahora debemos tener claro que el primer trabajo va a consistir en escribir un relato en primera persona y en forma de carta, tal como es el de Cortázar. Después de leer: Carta a una señorita en París, podemos buscar algunas referencias técnicas que podemos tener en cuenta para la elaboración de nuestro relato.

METODOLOGÍA DE CONSTRUCCIÓN




METODOLOGÍA DE CONSTRUCCIÓN

Supongo de primera instancia que precisamos de un método, al mismo tiempo que se me ocurre quien va a encargarse de establecerlo. Se me vienen a la mente tantas cosas, la primera es que podemos agarrarnos de lo aprendido, es decir, analizar relatos de autores consagrados, los que algunos nos da por llamar célebres y de las diversas épocas, quizá el siglo pasado o nuestros contemporáneos, aunque no pienso en nuestros contemporáneos para no quedarles a deber desde mucho antes de comenzar. La idea de leerlos, de comentarlos, es que nos sirvan como modelo, que nos orienten en el trabajo que vamos a desarrollar. Así que es simple. Leemos a un autor, hacemos nuestro análisis correspondiente (si es que esto aplica), la idea es que cada uno de nosotros como lectores podamos ir un poco más allá de lo que a simple vista se puede entender, es de alguna forma un curso inventado por nosotros pero con la gracia de que nosotros deseamos ser escritores y entonces nuestras lecturas adquieren mucho mayor importancia. Es decir lo analizado nos permite saber si estamos haciendo el trabajo que nos corresponde. Es adentrarnos en el mundo de los procesos y con ello entender que si seguimos este proceso hasta el final podemos sacarle el mayor de los provechos. Es algo que todos hemos hecho ya en las cosas que aprendimos a lo largo de nuestras vidas.

Lo más importante de tener un método en este proceso creativo es tener los elementos que nos permitan orientarnos en la tarea que nos hemos propuesto. Así que el primer paso nos lleva al punto exacto de la copia o imitación de estilos.

Pero que nadie se espante de esta que parece una loca propuesta, que muchos autores a lo largo de la historia de la Literatura lo han hecho.

El joven escritor, decía Stevenson, ha de ser sobre todo un simio diligente. Se aprende a escribir como se aprende a hablar o a caminar: fijándose y copiando con determinación y con paciencia, igual que copiaban estatuas clásicas los antiguos aprendices de pintores"

En semejantes términos se refiere Mario Vargas Llosa cuando dice en su libro Cartas a un joven novelista, que él aprendió imitando, idea que repite de Flaubert de quien dice que tanto aprendió y a quien puede que también copiara en esta idea porque el propio Flaubert lo refiere en sus cartas al decir “Lea encarnizadamente a los clásicos, chúpelos hasta el tuétano”.

Es indispensable el uso de que llamamos técnicas narrativas, escribir en primera persona (narradores internos, primero protagonistas y después testigos) a técnicas narrativas en tercera persona (narradores externos, primero omniscientes y después deficientes), o sea, un paso de una manera de elaborar más intimista a una manera más externa de narrar.
La manera intimista, la que hacemos en primera persona va siempre vinculada a una forma más fácil de narrar, es decir es algo más nuestro y que sin duda nos facilita en mucho el trabajo o la aventura de narrar, debe ser de gran ayuda para todos los que intentamos iniciarnos en este proceso, es algo que hacemos muchas veces al escribir en nuestros diarios, cartas e incluso en el email, (de hecho, la idea es comenzar esta aventura con un poco de esas herramientas, escribir una carta es la primera propuesta, aunque respetando los requisitos narrativos, lo cual nos ayudara a vincularnos con la auto reflexión y la necesidad de un trama, -sin importar lo sencillo que sea- con personajes).
Ejemplos para poder desarrollar esta primera aventura nos lo regalan Julio Cortázar o García Márquez. Quizá el juego más recurrente de estas aventuras sea el relato en primera persona (pienso en Raimond Carver para otro ejercicio), también trabajaremos historias en tercera persona, es decir técnicas más omniscientes, narradores que desde fuera de la historia nos cuentan los sucesos. Este tipo de narradores suele estar a tono fundamentalmente con el estilo decimonónico que ha sido actualizado a temáticas, entornos y tonos actuales. Con esta técnica podemos adentrarnos al mundo de Tobias Wolff y Philip Roth (aunque todo es una propuesta y el verdadero juego lo vamos armar todos con nuestras propuestas e ideas, acá se trata de sugerir no de imponer)
Esta idea desemboca en las técnicas más novedosas que del narrador externo han hecho los grandes escritores norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX, tendiendo a sustraer propiedades del narrador omnisciente clásico para dejarlo en el llamado narrador externo deficiente que aparece en paralelo al desarrollo del guión cinematográfico: el narrador narra desde fuera como si fuera una cámara que sólo dice lo que ve y lo que oye, que conoce a los personajes sólo por sus acciones y no por lo que piensan o sienten y que una vez salidos de plano no se puede saber nada de lo que ocurre en sus vidas. Los autores que manejan esta técnica, padres del estilo y que podemos analizar son Raymond Carver, J.D. Salinger y Charles Bukowski, representantes, además, del llamado “Realismo Sucio” norteamericano.

Por último, al llegar a nuestra meta ideal de esta propuesta creativa, vamos a trabajar con una fantástica escritora norteamericana, Lorrie Moore, con la que vamos a jugar con un tipo de narrador omnisciente muy especial, que conjuga casi todos los tipos de técnicas anteriores, para que cada uno de nosotros se plantee que en el progreso de la forma literaria debe haber una posición siguiente acorde con ese devenir de la historia del arte. Lugar donde cada uno de nosotros, precisamente, va a estar situado y con quien ha de estar comprometido.

Durante los primeros ejercicios es importante trabajar el concepto de tono, considerando como tal ya no la posición técnica desde la que se sitúa el narrador sino la posición anímica (fingida o sentida) desde la que escribe el narrador y que no sólo afecta al contenido sino que afecta también a la selección de las palabras (“Lo más difícil en literatura es utilizar las palabras juntas”) y lo que conlleva consigo, tal que facilita la emanación de nuevas líneas de trabajo, nuevas ideas, (nuevos contenidos, por tanto) y afecta al ritmo -del sin duda vamos a platicar todos en su momento- y afecta, por tanto, a la concepción entera del relato. Se defiende que el tono, como decimos, es el vehículo donde debe montarse el autor para discurrir entre las ideas, los personajes y la trama, y el que permite, por tanto, ser capaz de atacar la construcción dentro del ejercicio literario, creando así mejores ficciones.
Otro aspecto que podemos trabajar seguidamente es el concepto de ritmo, analizando cuáles son las más típicas características para acelerar y desacelerar el ritmo, de los cuales podemos hacer diferentes ejercicios.
Me pasa por la cabeza que los primeros ejercicios podemos trabajarlos alejados de la construcción de diálogos, para después de unos cuatro o cinco juegos creativos empezar a jugar con ellos, quizá desde la vida del narrador externo, es decir incorporar la construcción en nuestros relatos con diálogos, quizá toda esta idea suena cansada pero es como un primer acercamiento y espero de cada uno de ustedes sus diferentes propuestas constructivas.


Igualmente, en algunos textos debemos jugar con el contenido fantástico (las propuestas de escritura exigen que se incorporen) y el resto de los relatos queda a la libre decisión aun cuando a partir de la cuarta o quinta propuesta es absolutamente imprescindible que sean realistas (esto como un ejercicio más que nos permita crecer en esta tarea que nos hemos encomendado).
Ahora que referimos al carácter realista de las propuestas, es indudable que el abanico de propuestas con relación a los estilos (si por esto entendemos los grandes bloques que por abstracción simple realiza sobre tendencias estilísticas la crítica y los medios de comunicación –y de ahí el público en general-) abarca los dos grandes estilos que han dominado la segunda mitad del siglo XX en nuestra perspectiva del mundo literario Occidental: el realismo mágico (García Márquez) y el realismo sucio americano (Salinger, Carver y Bukowski)

Son muchos elementos técnicos que deben ir recordándose y poniendo en práctica a la vez: acordarse de mantener el tono; utilizar los cambios de ritmos cuando sea de utilidad; recordar desde qué punto de vista se está narrando la historia y desde qué momento histórico (si lo hubiere) se está contando; hay que acordarse de distribuir pequeñas claves a lo largo del texto que sean familiares para los lectores; hay que justificar todo lo que aparece; hay que mantener los planos diferenciados (en su caso) entre lo que cuenta el narrador y lo que cuenta el personaje. Y muchas cosas más que debemos ir aportando al texto según lo vamos construyendo, es lo que ya hemos llamado “ingeniería de la construcción de la historia”.

Primera aproximación del ejercicio literario


La imagen corresponde a la colaboración colectiva de la red, es decir pertenece a alguien, aunque desconozco el autor, pero si por alguna rázón, él llega hasta aquí que entienda que se reconce su creatividad

Todo comienzo, el que sea, lleva consigo una carga emocional que se asemeja con la ilusión, así me sucede con este pequeño Blog que es nuestro. Seguir con la idea o el proceso de creación literaria, es sin duda un ejercicio demandante, primero porque cada uno tiene sus tiempos bien organizados y salir un tanto de lo que se planea termina por alejarnos de alguno de nuestros objetivos, pero la realidad es que a muchos de nosotros nos interesa escribir, así que estos ejercicios, los que cada uno pueda proponer son la antesala de un proceso que quizá nos haga conocer algunas técnicas más de las hasta ahora descubiertas, abundar en los diversos estilos y sobre todo empezar a salvar ciertas dificultades para poder escribir bien (hasta aquí sonaba congruente, creo que empieza la pretensión) lo que se nos venga en gana, cuento, relatos, novelas, poesía, etc.

He tomado un par de cursos sobre cuento, al último que es donde nos hemos conocido la mayoría, no asistí al cien por cien de las clases pero me preocupe por leer cada trabajo. Me falta mucho para decir que he adquirido cierta madurez, y lo poco que he aprendido o hemos aprendido juntos, pienso que lo podemos compartir y hacer así un taller con cierta movilidad y se que después de un tiempo tendremos otras perspectivas acerca de la escritura. Seguro vamos adquirir capacidades criticas, un poco más de las que ya hemos alcanzado, nos convertiremos en constructores literarios, digamos más avanzados, claro que para ello debemos proponer ejercicios y hacerlos en su totalidad. Es decir este espacio tiene que funcionar como un taller donde debemos hacer ciertas lecturas, desentrañar el misterio de ellas y luego plantear nuevos retos. Dicen que no se puede enseñar a escribir, confieso que creo en eso, pero también creo que sí se puede aprender a escribir. Por supuesto que no existen recetas, pero si podemos tener a la mano nuestra caja de herramientas, herramientas técnicas. La idea es construir nuestro estilo, nuestra forma de escribir y sentir, aunque en la mayoría de los casos esa parte ya esta hecha. Digamos que es un juego más, de los que ya hemos aprendido en los talleres, de eso se trata.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Después de un aciago día en la oficina me entró lo romanticón

Rebanando corazón...

Así, llena, llena también de fe, se vaya lejos la Luna para nunca más volver. De jugar al desvelo y a la razón también, fue hilarante en secreto, ridícula en grito y en la sensación de tener.

Vomitando ejemplos, Luna nueva no la harán caer. Emotivo el vacío y el desamor vaivén. ¡Devuélveme el arte pleno, la palabra, el escrúpulo que se hizo viento para verte retroceder!

Vuelve a mí la sensación de poder. Despojo a la memoria de los territorios que dejamos ahogar. El lugar en la mente donde vive el amor, el terruño del tiempo que, sometiendo almas se tuvo por viento y, se nos echó a perder y todos esos lugares que sólo existen para la tímida elipse entre la razón y el saberte ver; de otra forma, hecha flor, hecha ganas de tener.

Se mira en color por que así es una nueva sombra, ámbar la noche de ciudad se deja ver agigantándose en la pared. Viene a mi por sueño, también por deber, por que podría caminar horas sin tenerla y suspirarla nomás por placer. Verde me pierdo en mis ojos buscándola sostener, existe solaz en memoria y apasionada al prever. Así de sabia la imaginé. Por que hace valer mi tiempo y mi palabra embellecer. Tenga el cielo a sus pies, hoy que derribo la Luna mito y, mañana que me haga volver a vivirme, que me haga volver a creer.

Libre como vienes, llévate mi alma pues tuya es. Yo ya he aventado la Luna y la vida y el ancla. Mi aliento desprender

jueves, 5 de noviembre de 2009

Ciudad de Dios

Mientras nos ponemos de acuerdo como ir armando este espacio. Mientras pensamos en la mejor opción, les dejo lo siguiente.

El cuento apareció primero, justamente, en el libro Historias de amor (1997); la traducción es de Romeo Tello Garrido.



CIUDAD DE DIOS
Rubem Fonseca

Su nombre es João Romeiro, pero es conocido como Zinho en la Ciudad de Dios, una favela en Jacarepaguá, donde controla el tráfico de drogas. Ella es Soraia Gonçalves, una mujer dócil y callada. Soraia supo que Zinho era traficante de drogas dos meses después de que empezaron a vivir juntos en un condominio de clase media alta en la Barra de Tijuca. “¿Te molesta?”, preguntó Zinho y ella contestó que ya había tenido en su vida un hombre dedicado al derecho que no pasaba de ser un canalla. En el condominio Zinho es conocido como vendedor de una firma de importaciones. Cuando llega una partida grande de droga a la favela, Zinho desaparece por unos días. Para justificar su ausencia Soraia dice a las vecinas que encuentra en el playground o en la piscina que la firma tiene viajando al marido. La policía anda tras él, pero sólo sabe su apellido, y que es blanco. Zinho nunca ha estado preso.
Hoy por la noche Zinho llegó a la casa luego de pasarse tres días distribuyendo, en sus puntos, cocaína que envió su proveedor de Puerto Suárez, y marihuana que llegó de Pernambuco. Fueron a la cama. Zinho era rápido y rudo y luego de joder a la mujer le daba la espalda y se dormía. Soraia era callada y sin iniciativa, pero Zinho la quería así, le gustaba ser obedecido en la cama como era obedecido en la Ciudad de Dios. “¿Antes de que te duermas te puedo preguntar una cosa?” “Dime rápido, estoy cansado y quiero dormir, amorcito.” “¿Serías capaz de matar a una persona por mí?” “Amorcito, maté a un tipo porque me robó cinco gramos, ¿crees que no voy a matar a un sujeto si me lo pides? Dime quién es. ¿Es de aquí, del condominio?”
“No.”
“¿De dónde es?”
“Vive en Taquara.”
“¿Y qué te hizo?”
“Nada. Es un niño de siete años. ¿Has matado algún niño de siete años?”
“He mandado que agujeren las palmas de las manos a dos mierditas que desaparecieron con unos paquetes, para que sirva de ejemplo, pero creo que éstos tenían diez años. ¿Por qué quieres matar a un negrito de siete años?”
“Para hacer sufrir a su madre. Ella me humilló. Me quitó a mi novio. Me hizo menos, a todo el mundo le decía que yo era una burra. Luego se casó con él. Ella es rubia, tiene ojos azules y se cree lo máximo.”
“¿Quieres vengarte porque te quitó a tu novio? Todavía te gusta ese puto, ¿verdad?”
“Sólo me gustas tú, Zinho, eres todo para mí, ese mierda del Rodrigo no vale nada, sólo siento desprecio por él. Quiero hacer sufrir a la mujer porque me humilló, me llamó burra delante de todos.”
“Puedo matar a ese puto.”
“A ella ni siquiera le gusta él. Quiero hacer que sufra mucho. La muerte del hijo deja a las madres desesperadas.”
“Está bien. ¿Sabes dónde vive el niño?”
“Sí.”
“Voy a mandar que cojan al niño y lo lleven a Ciudad de Dios.”
“Pero no hagas que el niño sufra mucho.”
“Si la puta ésa se entera que el hijo murió sufriendo es mejor, ¿o no? Dame la dirección. Mañana mando que hagan el trabajo, Taquara está cerca de mi base.”
Por la mañana bien temprano Zinho salió en el carro y fue a Ciudad de Dios. Permaneció dos días fuera. Cuando volvió, llevó a Soraia a la cama y ella obedeció dócilmente a todas sus órdenes. Antes de que él se durmiera, ella preguntó, “¿hiciste lo que te pedí?”
“Cumplo lo que prometo, amorcito. Mandé a mi personal a que cogieran al niño cuando iba al colegio y que lo llevaran a Ciudad de Dios. En la madrugada le rompieron los brazos y las piernas al negrito, lo estrangularon, lo cortaron todo y luego lo tiraron en la puerta de la casa de la madre. Olvida a ese mierda, no quiero oír hablar más de ese asunto”, dijo Zinho.
“Sí, ya lo olvidé.”
Zinho le dio la espalda a Soraia y se durmió. Zinho tenía un sueño pesado. Soraia se quedó despierta oyendo roncar a Zinho. Después se levantó y tomó un retrato de Rodrigo que mantenía escondido en un lugar que Zinho nunca descubriría. Siempre que Soraia miraba el retrato del antiguo novio, durante todos aquellos años, sus ojos se llenaban de lágrimas. Pero ese día las lágrimas fueron más abundantes.
“Amor de mi vida”, dijo, apretando el retrato de Rodrigo contra su corazón sobresaltado.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Invitación

Hola. ¿Como están todos?

Después del fin de curso del taller de cuento de los sábados que hemos tomado con Claudia Guillen y en la comida que tuvimos, para celebrar dicho fin (aunque suene raro así fue). Se le ocurrió, al compañero Andoni la creación de un espacio cibernetico, un blog o lo que resulte más adecuado para seguir compartiendo este ejercicio de creación literaria. En principio la idea es proponer un tema, acerca de lo que sea, y sin importar si se trata de un cuento o un poema, un ensayo o lo que se obtenga de tal ejercicio, incluso cualquier cosa "experimento" que se nos ocurra.

La otra situación es poder mantener el contacto después de estas jornadas de trabajo, como quien dice no perdernos el rastro, como suele suceder en muchos talleres, así que la invitación esta hecha y con ello la propuesta de mejorar en lo posible nuestras creaciones. Podemos cambiar todas las cosas que nos parezcan pertinentes de este blog, desde el titulo, las propuestas creativas etc. Es un lugar para jugar, para divertirnos y sobre todo estar en contacto frecuente, así que la puerta esta abierta, espero que quieran pasar.