martes, 6 de diciembre de 2011

Siempre No


Siempre No

Ricardo Pineda

Todos atosigaron a Miguel para que dijera algo, sólo por cortesía hacia él, para que se integrara a la reunión y a la plática. Pero cuando habló, todos callaron, su comentario había resultado de mal gusto incluso para Ismael, quien era el que nunca se reservaba nada y siempre tenía una frase negativa e incómoda. Sin más, la conversación había llegado a su final con los comentarios inapropiados de Miguel.

De alguna manera sabía todos los presentes agradecíamos el gesto; las filosofadas en grupo no eran algo de lo que disfrutáramos, se percibía la molestia de Miguel ante las conversaciones estériles y bizantinas. Al final todo era probable, pero no, mejor no. Poco a poco la conversación se fue diluyendo con los tragos. Recogimos nuestros abrigos, la navidad estaba a la vuelta de la esquina.

Raquel fingió que tenía sueño y Javier veía de reojo su reloj, con insistencia. Los abrazos de despedida y los buenos deseos no se hicieron esperar; la reunión había llegado a su final. Raquel y yo salimos junto con Claudia y Ernesto, quienes vivían cerca de nuestra colonia y nos darían un aventón a la casa. Bajamos las escaleras del edificio con pesadez, no sé si por lo copioso de la cena y los tragos o porque en realidad tenía un mal presentimiento desde antes. No quería bajar, ninguno quería hacerlo. Ernesto sí. Había algo que me impedía salir a la calle, no quería regresar a casa. En cierto modo sabía que algo iba a cambiar para siempre ese diciembre. Pero no, siempre no.

Cuando salimos, Ernesto no encontraba las llaves de su coche, buscaba entre los bolsillos del pantalón, su saco y camisa, y nada. Tal vez las había olvidado en el departamento de Ismael. Regresó al edificio y los demás lo esperamos en la calle.

El frío pegaba con violencia en nuestros rostros, estábamos rojos y reventados por el viento de ese diciembre y Claudia estaba cruzada de brazos, como enojada. Pero no. Miraba hacia los lados con nerviosismo, estaba incómoda. Me pidió un cigarrillo. El último, le dije. Se lo encendí y comenzó a fumar con rapidez. Tiró la mitad. Raquel soltó un tímido gemido, como si fuera a espetar un comentario, pero al parecer se había arrepentido. Siempre no.

Por hacer conversación retomé el comentario de Miguel, riéndome un poco con sorna para tratar de aligerar la incomodidad, pero mis palabras no tuvieron eco y fueron interrumpidas por el sonido de las botas de cuero de Claudia, que retorcía sus pies contra la acera con fuerza. Se puso los dedos en la boca.

Raquel tenía el cabello en el rostro, el viento lo golpeaba con fuerza, se lo recogió y quitó de los labios para animarse a decir algo, con un quebranto espantoso en su voz.

Había comenzado a salir con Raquel después de nueve años de conocernos, de ser amigos, pero en realidad yo nunca me llevé bien con ella: discutíamos todo el tiempo, nos perdíamos meses enteros el uno del otro, regresábamos sólo para follar desaforadamente y comer juntos, luego el malestar volvía, los fantasmas hacían su incómoda reaparición, y Raquel y yo nunca llegábamos a un acuerdo. Cuando se quemaron las naves, y nuestras rodillas comenzaron a cansarse pudimos estabilizarnos y planear; dejamos atrás los días prematuros como desempleados y partimos de cero. Nos mudamos y pusimos juntos un negocio, el cual nos hizo quedarnos más tiempo; un sortilegio de compromiso para poder tocar tierra. Tal vez. Pero no, luego no.

¿Se acuerdan cuando fuimos a Sonora, a la boda de Rogelio? Seguro que sí, empezaba a andar contigo, pero en realidad yo no quería ir, en realidad me sentía muy mal. Estaba embarazada de Ernesto, y Claudia lo sabía, ¿verdad, Clau? Y Ernesto nunca supo, y todos los demás sí. Y aborté. Por eso Miguel no quería hablar, nadie quería que nos viéramos las caras, así estábamos bien. Ustedes y sus pinches reuniones pendejas. ¿No vieron que cuando Rogelio partió el pastel, todos voltearon a ver a Ernesto?

- Ya las encontré, estaban en la secretita.

....Heredando México....: Los libros de Peña Nieto

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